Basura Electrónica y Obsolescencia Programada

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El problema que tenemos hoy en día con los residuos -de todo tipo- a nivel mundial se debe en gran parte a la obsolescencia programada. Según Wikipedia, la obsolescencia programada u obsolescencia planificada es la determinación o programación del fin de la vida útil de un producto, de modo que, tras un período de tiempo calculado de antemano con el fabricante, o por la empresa, durante la fase de diseño del mismo, que se torne obsoleto, no funcional, inútil o inservible por diversos procedimientos, por ejemplo por falta de repuestos, y que haya que comprar otro nuevo que lo sustituya. Su función es generar más ingresos debido a compras más frecuentes para generar relaciones de adicción (en términos comerciales “fidelización”) que redundan en beneficios económicos contínuos por períodos de tiempo más largos para empresas o fabricantes. El objetivo de la obsolescencia programada es exclusivamente el lucro económico, no teniéndose en cuenta las necesidades de los consumidores, ni las repercusiones medioambientales en la producción y mucho menos las consecuencias que se generan desde el punto de vista de la acumulación de residuos y la contaminación que conllevan. Una reciente estadística publicada en Clarín dice que por día en el mundo se venden 4.140.000 móviles. Si esto ocurre con un aparato que nos debería durar 5 o 10 años promedio imaginemos lo que ocurre con productos como lámparas, o encendedores, por poner dos ejemplos sencillos. En un informe de la ONU se calculaba en 50 millones de toneladas los residuos electrónicos generados en un año. De ellos se recicla adecuadamente solo el 20%. Otro problema que genera esta industria es durante la extracción de la materia prima con la megaminería. Para hacerse una idea de la huella medioambiental que esto supone, extraer una tonelada de oro genera alrededor de 10.000 toneladas de CO2. Sumémosle la técnica prohibida por la UE pero financiada por ellos para los países como el nuestro, el fracking. Con el envenenamiento de ríos y acuíferos incluído.

Se calcula que más de 352.000 toneladas de residuos tóxicos salen cada año de la UE hacia países en desarrollo de África, Europa del este, y Asia.  Argentina se abrió a la importación el año pasado al modificar inconstitucionalmente la ley de Residuos Peligrosos, por el ex presidente Mauricio Macri, que permitía ingresar materiales sin certificado de inocuidad al país. Pero más tarde con Alberto Fernández el decreto finalmente se derogó.   

Una investigación realizada por el diario británico The Guardian reveló que 68.000 contenedores de plástico de los Estados Unidos fueron trasladados el año pasado a países en vía de desarrollo.
El tema con la obsolescencia programada no se queda atrás, y también forma parte del diseño de medicamentos. No es casual que entre los agrotóxicos y los microplásticos el tercer contaminante en nuestros ríos sean desechos que la industria farmacéutica provoca con “soluciones” como el sildenafil, por poner un ejemplo.

El consultor de marketing Alex Díez dice que muchas veces somos los propios consumidores los que forzamos a la obsolescencia programada; cuando vamos en masa a comprarnos el último modelo de iPhone teniendo en perfecto funcionamiento el nuestro, o en la industria textil lo mismo con las prendas de temporada.

Lo cierto es que la industria es la principal responsable del grado de contaminación que sufrimos, los usuarios no tenemos alternativas en el actual modelo económico imperante.
Las denuncias por obsolescencia programada no suelen prosperar porque es muy difícil demostrar la mala intención de un fabricante.

Para quienes pensamos este tema con seriedad debemos tener en cuenta las campañas existentes que piden un tratamiento más responsable y ético con la fabricación de productos. Tal es el caso de ONG Amigos de la Tierra: alargascencia, quienes crearon (además del término Alargascencia) una base de datos con negocios dedicados a la reparación o adaptación de objetos para darle más vida o, en su caso, una nueva.

“Las empresas deberían empezar a tomar nota del concepto de alargascencia, si no por responsabilidad con la sostenibilidad, al menos, por pulsos rentables” dice en un artículo la Revista Circle, resaltando un informe del Comité Económico y Social Europeo que señala un aumento del 56% en productos etiquetados como “de larga duración”.

La Fundación de Energía e Innovación Sostenible Sin Obsolescencia Programada (FENISS) creó el sello ISSOP que garantiza que un producto está fabricado sin esta práctica perjudicial para el medio ambiente y los consumidores. Por el momento lo han pedido 80 empresas pero solo 8 calificaron.

Todo el mundo habla de reutilización, y de cambios sustentables en el diseño de artículos, pero nadie con peso político les exige esto a las grandes multinacionales. La responsabilidad ambiental parece que solo compromete a las pymes y a los nuevos emprendedores. Nadie se anima a sugerirle cambios a la industria tóxica que normalizó históricamente la contaminación a nivel mundial.

¿Podremos hacer algo nosotros?

Es hora de darnos cuenta que somos muy importantes.

Sugerencias del autor:

Los Confines de la Creencia (2016)


Plástico, 70 Años de Libre Contaminación (2019)

  



Leonardo Mesa.-

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